Ergonomía con perspectiva de género: un paso imprescindible para la salud laboral y la igualdad en la empresa

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La ergonomía en el trabajo no se limita a elegir una silla adecuada o colocar bien una pantalla. Es un enfoque preventivo que analiza cómo se diseñan los puestos, cómo se organizan las tareas y cómo se ajustan herramientas, tiempos y espacios a las personas que los realizan. Cuando esta mirada se aplica con perspectiva de género, la prevención gana precisión y eficacia: permite identificar exposiciones reales, corregir desigualdades y reducir riesgos, especialmente los asociados a trastornos musculoesqueléticos.

Por qué incorporar la perspectiva de género

En muchas organizaciones, los puestos se conciben como si fueran neutros, pero la experiencia diaria demuestra que no siempre se distribuyen las tareas de forma equivalente, ni se trabajan con las mismas condiciones. La segregación ocupacional, la asignación diferenciada de funciones, la desigual presencia en posiciones de responsabilidad, las jornadas parciales o la temporalidad pueden influir en la exposición a determinados riesgos.

Integrar la perspectiva de género significa, por tanto, analizar el trabajo tal como ocurre realmente y no como aparece descrito en un organigrama. Implica preguntarse si existen diferencias en cargas físicas, repetitividad, posturas, ritmos, pausas, autonomía o acceso a formación preventiva; y si esas diferencias están relacionadas con cómo se organizan y asignan las tareas en la empresa.

La ergonomía no es solo “adaptar el mobiliario”

Una gestión ergonómica completa considera la interacción entre persona, tarea y entorno. Esto incluye:

-Diseño del puesto (alturas, alcances, espacios, iluminación, herramientas).

-Organización del trabajo (ritmos, pausas, rotaciones, objetivos, autonomía).

-Carga física y postural (manipulación, empujes, tracciones, trabajo repetitivo).

-Factores psicosociales que influyen en la tensión muscular (presión de tiempo, falta de control, monotonía, supervisión estricta).

-Condiciones de empleo (turnos, jornadas, estabilidad, conciliación).

La perspectiva de género añade una pregunta clave: si el diseño y la organización contemplan la diversidad de la plantilla o si responden a un “estándar” que deja fuera necesidades y características habituales en parte de las personas trabajadoras. Cuando el puesto se diseña sin considerar esa diversidad, aumentan las probabilidades de sobreesfuerzo, posturas forzadas o uso inadecuado de herramientas, con impacto directo en el riesgo de lesión.

Dónde suelen aparecer desigualdades con impacto ergonómico

Aunque cada sector tiene particularidades, hay situaciones recurrentes que conviene vigilar:

Asignación de tareas y microtareas
Dentro de un mismo puesto, puede haber reparto desigual de actividades: por ejemplo, más tareas repetitivas o de precisión, más permanencia en posición estática o más carga de atención continuada.

Ritmos y pausas
Cuando el trabajo se organiza con tiempos ajustados, sin descansos suficientes o sin posibilidad de alternar tareas, aumenta la fatiga muscular y se agravan riesgos ergonómicos. Si, además, el margen de decisión es bajo, la exposición tiende a prolongarse.

Herramientas y equipamiento no adaptados
Herramientas con empuñaduras demasiado grandes, guantes mal ajustados, alturas fijas de mesas o estanterías, o equipos diseñados sin considerar diferentes dimensiones corporales pueden generar esfuerzos adicionales y posturas forzadas.

Rotación insuficiente y exposición acumulada
Permanecer mucho tiempo realizando la misma tarea, sin cambios que permitan recuperación muscular, incrementa la probabilidad de molestias persistentes y lesiones.

Doble carga y falta de recuperación
La falta de descanso suficiente fuera del trabajo remunerado, derivada de responsabilidades de cuidados u otras cargas, puede reducir la capacidad de recuperación y favorecer la acumulación de fatiga.

Estas situaciones no se solucionan con recomendaciones individuales; requieren cambios en el diseño del puesto y en la organización del trabajo.

Cómo evaluar el riesgo ergonómico de forma útil y con enfoque inclusivo

Una evaluación ergonómica eficaz empieza por una buena descripción del puesto basada en la realidad: qué tareas se hacen, con qué frecuencia, durante cuánto tiempo, con qué herramientas, en qué espacios y bajo qué ritmos. También es fundamental registrar variaciones: no es lo mismo un día estándar que un cierre de mes, una campaña, una punta de producción o un pico de atención al público.

A partir de ahí, conviene incorporar prácticas que mejoran la calidad del diagnóstico:

-Observación directa de las tareas en distintos turnos y momentos de carga.

-Participación de la plantilla que realiza el trabajo, recogiendo problemas y propuestas.

-Análisis diferenciado cuando existan diferencias relevantes en tareas, condiciones o exposición.

-Revisión periódica tras cambios organizativos, tecnológicos o de personal.

-La perspectiva de género no significa evaluar “por separado” sin motivo, sino evitar que las diferencias reales queden invisibles por usar descripciones genéricas o indicadores insuficientes.

-Medidas preventivas que suelen dar mejores resultados

-Las medidas más eficaces suelen ser las que eliminan o reducen el riesgo en origen. Algunas líneas de actuación habituales son:

Rediseño de puestos: alturas regulables, mejores alcances, reorganización de elementos de trabajo, iluminación adecuada, reducción de fuerzas necesarias.

Mejora de herramientas: adaptación de empuñaduras, reducción de vibraciones, adecuación del peso, tamaños y sistemas de sujeción.

Organización del trabajo más saludable: pausas planificadas, rotaciones reales, alternancia de tareas, revisión de ritmos y objetivos.

Formación preventiva práctica: centrada en el uso real de equipos y en cómo ajustar el puesto.

Seguimiento y verificación: comprobar si las medidas funcionan y si reducen molestias y lesiones, no solo si “se implantaron”.

Cuando las acciones se limitan a consejos individuales (“adopte buena postura”), el impacto suele ser bajo. En cambio, actuar sobre el diseño y la organización del trabajo mejora la prevención y la sostenibilidad del rendimiento.

Un enfoque que refuerza la igualdad en la empresa

La ergonomía con perspectiva de género conecta de manera natural con la política de igualdad: contribuye a detectar desigualdades en la asignación de tareas, en el acceso a recursos y en condiciones que afectan a la salud. También ayuda a evitar que determinados puestos queden infravalorados o naturalizados como “menos penosos” cuando, en realidad, concentran repetitividad, posturas estáticas o exigencias sostenidas.

Integrar ambos enfoques favorece una empresa más segura, más saludable y más coherente con sus compromisos de igualdad: no solo se cumplen obligaciones preventivas, sino que se mejora la calidad del empleo y se reduce el riesgo de daño, absentismo y pérdida de talento.

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